jueves, 11 de julio de 2013

Rencores - Capitulo 36.

Triland Port, 8 de junio


 Una vez hubo salido de la prisión, Leanne pudo al fin respirar el aire fresco de la tarde. Miró su reloj de muñeca y se dio cuenta que aquella visita, que le había parecido eterna, no le llevó mucho más de una hora, aunque en el cielo ya empezaba a oscurecer.
 Todavía no era capaz que comprender porque se sentía tan turbada e inquieta. Quizá porque en el fondo era consciente de que la conversación con Donna no era lo único que tenía pendiente.
«Ian», le recordó recriminante la voz de su consciencia, pero apartó aquella idea meneando la cabeza. Por alguna razón intentaba aplazar lo más que podía aquel enfrentamiento. No se sentía preparada para plantarle cara. Tenía miedo, y esa era la única verdad.
 Cruzó los brazos sobre el pecho y comenzó a caminar hacia ningún lugar, buscando despejarse un poco.  Su agotamiento mental era terrible y se recordó a si misma lo bien que le vendrían unas cuantas horas de sueño.
 Intentaba no pensar mucho en Dante, aunque le fuera imposible. Necesitaba mantenerse fuerte para todo lo que se le venía encima, y abandonarse al dolor solo la paralizaría. No, no podía hacer eso, aunque quisiera. Tenía que luchar y seguir en pie, porque eso es lo que Dante hubiese querido para ella.
 Se mantuvo caminando por las calles de la ciudad sin prisas pero sin pausas, meditando y reflexionando, mirando sin ver a la gente que pasaba por su lado, completamente absorta en sus pensamientos.
Acabó perdiendo la noción del tiempo. No estaba segura de cuanto había durado su caminata pero el cielo ya estaba negro y punteado de estrellas. Lamentó mirar hacia arriba y no encontrar la Luna, le hubiese gustado haber tenido aquella silenciosa compañía que la siguiera a cada paso que daba.
Dobló una esquina y volvió a la realidad al vislumbrar un bar cruzando la calle. Se acercó hasta el lugar y allí se detuvo, observando por un momento a las personas que dentro se encontraban. No había mucha gente, solo un par de hombres sentados en la barra y una pareja haciéndose arrumacos en la mesa más apartada del salón.
No sabía si era por aquel estilo rustico combinado con adornos y detalles en carmesí, o simplemente la música de ambiente que llegaba como un susurro lejano hasta el exterior, pero aquel sitio desprendía alguna clase de misterioso encanto, y cuando quiso acordar se vio sentada en uno de los taburetes junto a la barra, esperando ser atendida.
Los dos clientes que estaban disfrutando de una cerveza en la barra suspendieron su charla apenas la vieron entrar, y Leanne podía notar por el rabillo del ojo como la escrutaban con la mirada. Aquello la incomodó un poco, pero decidió hacer caso omiso a ese hecho.
 Mientras aquellos hombres la escudriñaban de pies a cabeza y retomaban su conversación por lo bajo, Leah se distrajo observando el tapizado de las paredes. Era de color caoba oscura, y tenía líneas de color más claro que lo surcaban en una especie de zigzag que se repetía siempre igual. Demasiado simétrico, decidió Leanne, resoplando por lo bajo. No le gustaba la simetría en la decoración. Para ella una linda decoración tenía que ser natural y desestructurada. Nada de líneas iguales que se repitan ni cosas raras.
 Un muchacho joven se acercó a ella por detrás de la barra y le preguntó que deseaba beber, arrancándola de sus divagues. Leanne pestañeó varias veces, como si estuvieran hablándole en un idioma desconocido, y cuando comprendió la situación rió entre dientes algo avergonzada. Recordó de pronto que ella no era una bebedora habitual, y se preguntó por un segundo qué demonios hacía allí sentada, pero antes de tornar más extraño el momento y quedar como una completa estúpida, pidió un Martini seco y el joven asintió con una amable sonrisa.
 Sintió pasos a sus espaldas y miró por encima de su hombro. La pareja se levantaba de su sitio y se dirigían a la salida tomados de la mano. Una vez afuera, Leah pudo observar que la chica lo abrazaba y posteriormente el chico le daba un apasionado beso. Después ella se alejó y él parecía dignarse a entrar al bar nuevamente. Leanne volvió la vista al frente y agradeció con un movimiento de cabeza al barman que le acercaba su trago. Se precipitó la copa a los labios e hizo una mueca al probar su bebida.
—¿Espera a alguien? preguntó el chico detrás de la barra, jugueteando con una pequeña botella de vidrio entre sus manos.
Leanne negó con la cabeza y bajó la mirada. Se sintió tonta por estar en aquel lugar, sin un motivo por el cual permanecer allí, bebiendo algo que no le gustaba, sin esperar a nadie y sin que nadie la esperara a ella. Unas enormes ganas de llorar la abordaron y apretó los labios, dejando con cierta brusquedad la copa sobre la madera lustrada.
—¿Se siente bien, señorita? —insistió el hombre, con una mezcla de preocupación y curiosidad reflejada en el rostro.
—Perfectamente —respondió ella algo cortante, y acto seguido se bebió de un tirón el resto de su Martini.
Los clientes que se mantenían en la barra, a los que ahora se había sumado el enamorado de la entrada, levantaron la vista y la observaron algo sorprendidos.
—En ese caso, creo que tengo algo para usted —repuso él, sin inmutarse ante el tono grosero de Leanne, volteándose a buscar en la estantería un par de botellas.
—Oh, no…yo no…—intentó protestar Leah intuyendo sus intenciones, negando con las manos.
—Descuide, corre por cuenta de la casa. Además, estamos entrando en la hora feliz —explicó, combinando bebidas en un vaso con movimientos expertos y una sonrisa segura en su rostro.
Leanne resopló y se encogió de hombros. Se dijo a si misma que no estaría mal un trago gratis antes de volver a casa. De vez en cuando es bueno permitirse ciertas cosas.
— ¡Eh, Mike! ¿Qué hay de nosotros? —exclamó el hombre a su derecha, arrastrando las palabras y con las mejillas encendidas. Se dejaba ver a simple vista que se encontraba bastante ebrio.
— Calma, Tom. Primero las damas —contestó tranquilo Mike, el barman, riendo afablemente. Luego de esto se dirigió nuevamente a Leah e hizo patinar el trago que había preparado de un extremo a otro de la barra, hasta quedar a milímetros de las manos de ella—. Bébalo de un golpe, señorita. Eso le ayudará a trasmitirle a su rostro la idea de que se encuentra perfectamente —concluyó con una sonrisa, observándola atento y esperando que ella hiciera lo que le indicaba.
Leanne alzó las cejas y tomó el vaso con una mano, algo insegura de hacer lo mismo que la vez anterior. El fuerte olor a alcohol que desprendía aquella bebida le llegaba hasta la nariz.
—No lo hará…—murmuró el enamorado a uno de los hombres, y Leah entornó los ojos, sintiéndose desafiada.
Se armó de valor y se llevó el vaso a los labios, bebiéndolo todo de una vez. Sintió como aquel líquido le quemaba la garganta, y cuando apartó el vaso vacío no pudo evitar echarse a toser. Aquello provocó una carcajada general, e incluso ella acabó sumándose a las risas.
Mientras duraba el jolgorio, Mike aprovechó para acercar a los demás presentes grandes jarras de cerveza que remplazaron las vacías. Una vez hecho eso, se aclaró la garganta y volvió a dirigirse a ella:
—¿Qué tal te ha sentado ese trago, eh? ¿Aguantas otro? —inquirió tuteándola, manteniendo su sonrisa.
—Creo que ha sido suficiente por hoy —se apresuró a responder—. Además, no traigo mucho dinero encima.
—Oh, no se preocupe por eso, señorita —terció el ebrio al que habían llamado Tom—. Yo puedo invitarla esta vez.
Leanne dirigió su vista a él de forma directa. El hombre la observaba con brillantes ojos verdes, algo entrecerrados y somnolientos. No tendría mucho más de 35 años y vestía traje, aunque la corbata colgaba deshecha y los botones de su camisa estaban desprendidos hasta la altura del pecho.  Al advertir que ella lo miraba le dedicó una fugaz sonrisa, antes de volver a centrarse en su cerveza y probablemente olvidar lo que acababa de decir.
—Venga, te prepararé otro de esos y si no tienes dinero, pues se lo apunto a Tom —concluyó Mike finalmente, disponiéndose a hacer lo que había dicho.
—No, en serio, no sé si debería…
—Oh, no seas aguafiestas. Es una noche preciosa y eres una muchacha joven, entonces ¿por qué no? Creí que mi trago especial lograría alegrarte, pero sigo viendo esa expresión triste en tu rostro. No me gusta ver caras largas en mis clientes, ¿sabes?
Leanne se removió en su lugar, algo incómoda ante lo que escuchaba. Bajó la mirada y liberó un suspiro inaudible.
—Creo que ya me voy a casa, gracias de todas formas —repuso, haciendo caso omiso a las palabras ajenas, poniéndose de pie lentamente.
—Está bien, entiendo. Pero es una lástima que ya lo haya preparado. Si tú no lo tomas tendré que desecharlo…—agregó él, con evidente dramatismo.
Leah se volteó una vez más a mirarlo y al ver la sonrisa cómplice que Mike esbozaba no pudo más que echarse a reír.
—Vaya, eres un experto persuadiendo a tus clientes, ¿verdad? —apostilló, riendo por lo bajo y meneando la cabeza.
—A veces —admitió, sonriendo más ampliamente con aire triunfal—. Además, estabas a punto de irte sin pagar. Tenía que retenerte.
Al escuchar lo último que él decía agrandó los ojos y se cubrió la boca con una mano, reconociendo en su fuero interno que aquello era cierto. No se había detenido en ese detalle.
—Lo siento, tengo la cabeza en cualquier sitio —explicó, revolviendo su bolso en busca de dinero.
—Oye, detente. Estabas a punto de probar mi bebida especial…luego me pagas.
Leah rió resignada y finalmente asintió, volviendo a sentarse donde se encontraba antes.
Alzó el vaso para acabar con todo aquello de una vez, pero antes de comenzar a beber miró en derredor y advirtió que los cuatro hombres allí presentes la observaban expectantes.
Mike al notar esto, soltó una sonora carcajada y negó con la cabeza.
—Oh, no te cohíbas por nosotros. No eres la primera chica en venir a ahogar sus penas aquí.
—Ya…pero yo no he venido a ahogar mis penas, solo pasaba a tomar un trago.
—¡Ja! Lo que tú digas, muñeca —volvió a intervenir Tom, palmeándole la espalda y riendo también, hasta que su carcajada se convirtió en toz y todos rieron nuevamente. 
—Tomaré esto y me marcharé para que continúen con su juerga —afirmó ella, volviendo a centrarse en su vaso.
—Muy bien, pero te recomiendo que esta vez te lo tomes con calma. Creo que se me ha ido un poco la mano y me ha quedado demasiado fuer… —Mike dejó la frase en el aire al ver su advertencia llegaba demasiado tarde. Leanne le puso el punto final a sus palabras dejando con un leve golpe el vaso vacío sobre la barra. Se lo había tomado de un sorbo y simulaba ni inmutarse por ello, aunque nuevamente la bebida volvía a arder en su interior, incluso más que antes.
El enamorado rió divertido al verla, mientras meneaba la cabeza.
—Si su intención era volver a casa, luego de eso tendrá que hacerlo arrastrándose…—Acotó entre risas, generando un bullicio de carcajadas y choque de jarras de sus compañeros que aprobaban y festejaban su comentario.
—Bah, borrachos… —rumió algo ofendida, sacando el dinero de su bolso y dejándolo a un lado del vaso, dispuesta a largarse de una vez de ese ambiente que de pronto le pareció hostil. Aunque había sido una tontería, se sintió burlada por un momento y no le agradaba en lo más mínimo. Sus parpados pesaban un poco, pero pensó que podría ser peor y que regresaría a casa sin problemas.
No sintió verdaderamente los efectos del alcohol hasta que se puso de pie y su vista la traicionó, desenfocándose por unos segundos. Se sintió terriblemente mareada, pero se obligó a salir del lugar intentando disimular su estado. Antes de salir sintió algunos comentarios a su espalda y un par de carcajadas, pero ni les entendió ni les prestó atención.
Una vez fuera, el aire nocturno le golpeó en la cara. Aquella sensación era gratificante, pero también era capaz de notar como su ebriedad se acentuaba cada vez más.
Decidió que se marcharía en taxi, ya que no estaba en condiciones de caminar correctamente y si lo intentaba probablemente sucediera tal como el enamorado del bar lo había predicho. Se alegró de que aún pudiera pensar con coherencia.
Buscó su móvil en el bolso para llamar al servicio de taxímetro, y cuando lo encontró advirtió que tenía 5 llamadas perdidas de un número desconocido. Supuso que era Sam; al fin y al cabo ya estaba bien entrada la noche y ella no le había dado señales de vida. Con lo paranoica que era su amiga seguramente pensaría que Donna había conseguido escapar y apuñalarla. Rió en voz alta por su ocurrencia, y se dignó a llamar a aquel número para informarle de que seguía con vida.
Atendió al segundo tono y Leah se apresuró a hablar:
—¡Hey, Sam! —exclamó alegremente—. Siento no haber contestado tus llamadas, no oí el móvil. Me detuve en un bar por un par de tragos, pero antes de que me vengas con un sermón te advierto que no estoy ebria…—farfullo en tropel las palabras, riendo un poco aún sin saber cuál era la gracia.
—¿Leah? —preguntó una sorprendida voz masculina al otro lado del aparato.
Leanne se puso seria de pronto y guardó silencio, sin comprender muy bien la situación.
—¿Leah? ¿Sigues ahí? —insistió nerviosamente esa voz tan familiar, y ya no le cupieron dudas.
—¿I-Ian…? —Inquirió titubeante, más como una afirmación  que como una pregunta.
—¿Estuviste bebiendo? ¿Dónde estás?
—¿Por qué tienes el celular de Sam? Quiero hablar con ella.
—Leah, este es mi móvil.
—No es cierto. Sam me llamó porque estaba preocupada por mí y acabo de devolverle la llamada. ¿Está ella contigo?
—Estás diciendo tonterías. Ella no está conmigo y este no es su número. Fui yo quien estuvo llamándote.
—¿Y por qué me llamas desde el celular de Sam, ah?
—Estás ebria.
—Yo solo quiero hablar con Samantha, ¡maldita sea!
—¿Dónde estás?
—Déjate de tonterías, Ian. Necesito hablarle. Ella está preocupada por mí y tú estás haciéndome perder el tiempo.
—¿Dónde rayos estás, Leah?
—Que pesado eres. Estoy en la puerta de un bar, ¿ya? ¿Ahora puedo hablar con mi amiga?
—Ahora yo también estoy preocupado. Dime exactamente cuál es ese bar y yo te llevaré con Samantha.
—Pero…no quiero verte aún, Ian.
Un silencio glacial se apoderó de la conversación durante unos segundos, hasta que él se aclaró la garganta y consiguió responder:
—¿Por qué no? Tenemos que hablar.
—No es un buen momento. Necesito hablar con Sam, no contigo. Hazme el favor de pasarle mi llamada.
—Ya, entiendo…Entonces haremos lo siguiente. Tú me dices dónde estás y yo le diré a Sam que vaya por ti, ¿está bien? De todas formas en ese estado no creo que puedas ir muy lejos estando sola…
Leanne elevó la vista y se encontró con un letrero en el que se leía ‘’BAR Habitué’’, en neón.
—Bar Habitué, o algo así.  ¿Vendrá por mí?
—Sí, lo hará. No te muevas de ahí, Leah —respondió él, segundos antes de cortar la llamada.
 Se quedó en silencio pegada al móvil durante unos segundos, y tras parpadear un par de veces salió de su estado de estupor. Guardó el aparato de vuelta en su cartera y dio una mirada en derredor, algo desconcertada. Ciertamente, no le quedaba muy claro qué había sido esa conversación que había mantenido con Ian, pero lo que si había comprendido era que alguien vendría por ella.
Apretó los puños y negó con la cabeza, algo molesta ante la idea de que posiblemente fuera él quien pasara a recogerla, y no Sam, como había prometido.  
Volvió la vista a sus espaldas y observó por una fracción de segundos como los hombres del bar aún bebían y reían despreocupados.
«Da igual quien sea, mientras venga alguien a llevarme a casa pronto», pensó finalmente, en el preciso momento en que una fuerte nausea azotó su estómago. Realmente no estaba nada familiarizada con el alcohol y procuró no volver a beber luego de esa noche.
 Una mano que rozó su espalda la hizo estremecer. Apretó con fuerza su cartera bajo el brazo y haciéndose de valor giró sobre sus talones para ver de qué se trataba.
Ian se encontraba parado frente a ella, con los brazos cruzados sobre el pecho y una mirada de desaprobación en el rostro. Su cabello se encontraba despeinado, como siempre. Llevaba unos pantalones de jean oscuro y una sudadera negra. Sus ojos celestes se veían casi grises en la penumbra nocturna, y algunas líneas que reflejaban preocupación surcaban su ceño fruncido.
Leanne tuvo que controlarse para no echarse a sus brazos. Aunque su barba de tres días y unas tenues ojeras de cansancio lo hicieran verse algo mayor, seguía teniendo esa mirada de niño socarrón que siempre había llamado su atención.
Leah liberó un suspiro inconsciente y percibió como una sonrisa amenazaba con aparecer en las comisuras contrarias, aunque él se obligaba a mantenerse serio. Golpeaba con un pie el suelo, y ella al advertir esto casi se echa a reír. Ian parecía toda una madre enfadada.
—¿Por qué me miras así, ah? ¿Dónde está Sam? —preguntó Leah, rompiendo el silencio y dejando de lado cualquier tipo de bienvenida. 
—¿Y todavía preguntas? Sam no podrá venir, Leah.
—Venga ya, ni siquiera le has avisado.
—Supuse que no querrías que te viera en este estado…—se excusó.
—¿Cuál estado?
—Estás ebria.
—Da igual, de todas formas se dará cuenta en cuanto llegue a casa.
—No tienes por qué volver a tu apartamento aún —repuso él, tomando de su mano y comenzando a caminar por la acera, tirando de ella con suavidad, sin darle tiempo a protestar.
—¡Oye! ¿Qué crees que haces?
—Estoy quedándome en un hotel que queda muy cerca de aquí. Puedes quedarte conmigo hasta que estés un poco más sobria y luego volverás a casa si quieres.
—Oh, perfecto, gracias por decidir por mí, Ian. Porque eso es lo que has estado haciendo desde que llegaste de Remembranzas —le acusó con rudeza, aunque sin deshacer el lazo de sus manos— Te recuerdo que ya no tengo 12 años.
Él detuvo su marcha y se volteó a mirarla un momento, con rostro inexpresivo. Soltó la mano que le sostenía y posó ambas en las mejillas de Leah, acercándose más y mirándola directamente a los ojos.
—Sé que ya no eres una niña, Leah… Eres una preciosa mujer autosuficiente y con un carácter envidiable. Pero comprende, cariño, por más que lo intente no consigo dejar de protegerte.
Leanne sintió como una corriente eléctrica la recorría tras ese contacto y pudo advertir como un rubor poco característico de ella aparecía en su rostro. Apretó los labios, aún sin saber que decir, sintiendo como su corazón se derretía ante cada palabra de él. Deseaba más que cualquier otra cosa que aquellos escasos centímetros que los separaban desaparecieran, convirtiéndose en un beso que le dijera sin palabras cuanto lo amaba todavía, pero a veces y aunque odiara reconocerlo su orgullo era más  fuerte.
Él esbozó una sonrisa ladina y sin esperar respuesta volvió a tomar de su mano, reanudando la caminata en silencio. Leanne sabía que había notado su reacción. Siempre lograba leer en ella como si los pensamientos se le escribieran en la cara. Liberó un suspiro que evidenciaba su desacuerdo, y ya resignada se limitó a seguir sus pasos.
—Deja de refunfuñar. No voy a hacerte nada, no sé a qué le tienes tanto miedo.
Al escucharlo bufó e hizo rodar sus ojos, moviendo la cabeza.
—¿Miedo? No digas sandeces.
—Si no es miedo entonces, ¿qué es? Venga, ilústrame —le incentivó, observándola por encima del hombro durante una fracción de segundos, aún con aquella sonrisa torcida en sus labios.
—No tengo porqué decirte nada.
—Ah, ¿no? Pues sí que tienes, y no es lo único.
—¿No serías tú en todo caso quién debería darme explicaciones? —inquirió, alzando una ceja.
—Sí, y lo haré cuando gustes escucharme.
Leanne apretó los dientes y desvió la mirada. ¿Siempre la dejaría en un callejón sin salida? No sabía cuánto tiempo más iba a poder evadir el tema, y menos aún cuando se sabía bajo los efectos del alcohol.
Para su sorpresa, Ian pareció aceptar aquel silencio como respuesta, y  no volvió a insistir en reanudar aquella conversación por el momento.
Se mantuvieron caminando un poco más, hasta que finalmente llegaron a un bonito edificio de varias plantas. Al adentrarse en el hall, Leanne dedicó unos segundos a admirar el lugar, mientras él la guiaba hasta los ascensores. No era un hotel de lujo, pero tenía un toque de elegancia y buen gusto. Definitivamente daba la impresión de ser una estancia agradable y acogedora.
Ian la dejó entrar primera, y marcando el piso 4 el ascensor entró en movimiento. Él no emitió ni una sola palabra allí dentro, ni siquiera le había dirigido la mirada y hasta le había soltado la mano. Leanne comenzó a creer que su actitud mezquina lo había ofendido, y se lamentó por esto internamente. No quería herirlo, solo…intentaba protegerse a sí misma.
 Otro mareo acompañado de nauseas la invadió y agradeció al cielo el haber llegado a la planta correcta. Ian se limitó a hacerle un movimiento de cabeza para indicarle que lo siguiera, y ella algo dolida por esa repentina indiferencia simplemente caminó tras sus pasos en silencio. Pensó en comentarle acerca de lo mal que estaba sintiéndose, producto de lo que había bebido, pero decidió que tampoco le hablaría. No conocía sus intenciones, pero si él estaba jugando a algo con ella, ella jugaría el mismo juego.
Cuando por fin entraron al apartamento, Ian se quitó la chaqueta y la tiró sobre un sofá, dirigiéndose luego a un mini-bar que se encontraba cerca de la ventana. Antes de abrirlo, se volteó a ver a Leah y esbozando una pequeña sonrisa fue el primero en romper el silencio:
—Te invitaría un trago, pero creo que no estás en condiciones de seguir bebiendo…—comentó con sorna, riendo entre dientes. 
—Muy gracioso —respondió ella cortante, mientras hacía a un lado la chaqueta de Ian y se sentaba en el sofá, echando la cabeza hacia atrás y cerrando los ojos.
 Ian liberó una carcajada y sacó finalmente una botella de champagne, la cual descorchó enseguida y, sin molestarse en buscar una copa, comenzó a beber directamente de la botella.
Leanne no lo miraba. Se mantuvo en aquella posición sin moverse, aunque su cabeza daba vueltas, igual que su estómago.
Él dejó la botella sobre una mesa y se sentó a su lado, observándola sin hablar por varios minutos. Ni siquiera era consciente de la sonrisa que aparecía en su rostro cada vez que la miraba. Se veía tan hermosa como siempre había sido, aún encontrándose alcoholizada. Su melena oscura caía como una preciosa cascada sobre sus hombros. Sus mejillas estaban algo sonrojadas, y sus largas pestañas, perfectas, se arqueaban hacia arriba con total simetría. Y luego sus labios…rosados y delicados como pétalos. Se tuvo que controlar para no robarle un beso en aquel preciso momento. El rostro de Leanne expresaba tal serenidad que parecía que hubiera caído en un profundo sueño, y él solo deseó que el tiempo nunca hubiera pasado. Deseó con todo su corazón que aquella mujer aún le perteneciera, que aún le amara. Anheló nunca haberse separado de ella, y que todo aquel tiempo que estuvo lejos de su lado nunca hubiese existido. Pero entonces Leah abrió los ojos, y ahí estaba de nuevo: la realidad abofeteándole el rostro con la fuerza de mil hombres. Vio de nuevo en los ojos de la persona que más amaba aquel reclamo silencioso, aquel resentimiento que los hería a ambos, pero que por alguna razón ella callaba. Ojalá no fuera así. Ojalá Leanne sacara fuera todo aquel rencor. Ojalá le gritara, lo insultara, le escupiera en la cara todas esas palabras que él sabía que escondía, porque Dios era consciente de que lo merecía. Solo así todo aquel dolor se volvería algo tangible de lo que se podrían deshacer. Pero mientras ella callara, continuaría consumiéndolos a ambos. A Leah por esconderlo, y a él por no tener el valor ni el derecho de hacerla hablar.
—¿Qué pasa? —inquirió Leanne por fin, con una voz más débil de lo que le hubiera gustado.
La voz de ella lo arrancó de sus pensamientos, y algo aturdido, se forzó a responder.
—Nada. ¿Cómo te sientes?
—Terriblemente.
Él sonrió con ternura, y Leah creyó que su corazón se le detenía por completo. Desvió la mirada enseguida. Ian podía ser endemoniadamente seductor cuando se lo proponía, y lo sabía.
—¿Dónde está el baño? —atinó a preguntar, titubeante, antes de que aquel momento se volviera incómodo.
Él se puso un poco más serio y le indicó a donde llevaba cada puerta, «baño», «cocina», «terraza», y por último agregó:
—Y aquella es mi habitación, pero no deberías entrar ahí —sugirió, esbozando una sonrisa ladina.
—¿Ah? ¿Y eso por qué? —Se puso de pie y lo miró arqueando una ceja—. ¿Acaso tienes a Donna escondida ahí? —añadió, bromeando con cierta malicia.
—Oh, vaya, que chistosa —respondió sarcástico, parándose frente a ella.
—Solo preguntaba, no te ofendas. Al fin y al cabo es tu prometida, ¿verdad? —continuó con aire desafiante, sin medir sus palabras pues la desinhibición provocada por el alcohol la empujaba a continuar hablando.
—Basta, Leanne. No quieres empezar con esto —le advirtió seriamente, cruzando los brazos sobre el pecho. Sabía que no era el mejor momento para discutirlo ya que ella no estaba en sus cabales.
—¿Por qué no?
—Estás completamente ebria.
Ella rió con amargo cinismo, resoplando después.
—Eres un cobarde —sentenció, volteándose en dirección al baño.
Ian la detuvo, sosteniéndola del brazo y haciéndola retroceder.
—¿Cobarde, yo? Bueno, venga. Si tanto insistes, hablemos ahora.
—Olvídalo, Ian —repuso, intentando soltarse del agarre, sin conseguirlo.
—¿Lo ves? Eres tú la cobarde. Siempre intentas evitarme y no quieres escuchar nada de lo que tengo que decir, pero sin embargo sigues mirándome como si yo hubiese sido el culpable de todo.
—Suéltame.
—¿Por qué no me respondes algo a eso?
—¡Suéltame! —exclamó, tirando su brazo con fuerza.
—Bah, haz lo que quieras —contestó, liberándola de su agarre y tumbándose de espaldas en el sofá, visiblemente cabreado—. Siempre acabas siendo la misma niña caprichosa.
Leanne se alejó unos pasos de él, pero se detuvo y quebró en llanto inevitablemente. Ian enseguida advirtió sus sollozos, y aunque quiso hacer caso omiso a aquel hecho no pudo evitar acercarse a ella. Se puso de pie y caminó hasta donde estaba, y aún a riesgo de que Leah lo rechazara, la rodeó con sus brazos por la espalda, escondiendo el rostro en su cabello.
—Déjame —gimoteó con voz apenas audible—. ¿Por qué me trajiste aquí?
—No iba a dejarte sola —murmuró él, cerca de su oído, sin separarse aún. El perfume de ella lo embriagaba hasta tal punto que pensó que podría mantenerse así durante el resto de su vida.
—Me dejaste sola cinco meses, Ian. Puedo sobrevivir —le espetó, apartándose y girando sobre sus talones para quedar frente a él.
Aquel comentario le fue como una puñalada en el pecho, y tuvo que armarse de valor para continuar inquebrantable.
—Tú fuiste la que me dejó.
—No hiciste nada por detenerme.
—Leah, tú rompiste mi corazón. ¿Qué se supone que hiciera?
—¡Te comprometiste con esa zorra ni bien puse un pie fuera de Remembranzas! —gritó con furia, mientras las lágrimas incontrolables empapaban su rostro.
—Sé que fue un error, Leanne. Lo asumo y lo siento tanto que ni siquiera eres capaz de imaginarlo. Pero ella juntó los pedazos de mí que tú dejaste. Me destruiste por completo con tu partida y Donna… no lo sé, maldita sea. Sé que fui un imbécil, pero ella solo… solo estuvo ahí. Y tú no, tú me abandonaste sin explicarme el por qué, acabando con todo lo que tenía sentido para mí.
—Si te abandoné lo hice solo pensando en tu bien y el de tu familia. ¿Acaso crees que fui feliz estando lejos de ti? Mi vida fue una tortura, Ian. No podía ni comer ni dormir, ni siquiera pensar con claridad. Solo quería que tú fueras feliz, pero que te comprometieras con ella fue para mí algo imposible de superar…
—No puedo comprenderte, Leanne. Según tú, querías que siguiera con mi vida, y fue eso exactamente lo que intenté hacer. No comprendo porque estás tan enojada. Sé que te fuiste por hacerme un bien, pero acabaste con ambos al tomar esa decisión. Leanne, no fuiste sincera conmigo. Podíamos haberlo conversado, podíamos haberlo solucionado de otra forma.
—¿Y dejar que tu madre muriera sin hacer nada?
—Eso no era tu responsabilidad.
—Ian, eras el amor de mi vida. No podía dejar que…
—¿Ya no lo soy? —le interrumpió.
Leanne vaciló, bajando la mirada.
Él volvió a acercarse a ella y levantó su mentón con delicadeza, haciendo que lo mirara.
—Leah, cariño, basta ya —susurró con voz débil, enjugándole las lágrimas—. Sé que te he hecho daño, y tú a mí, pero te he perdonado. Perdóname tú también, no puedo vivir sin ti.
—¿Eso es todo lo que te importa? —preguntó ella, obligándose a sostenerle la mirada—. ¿Qué te perdone para apaciguar tu intranquila consciencia?
—No, no tergiverses las cosas. Me importas tú.
—Pero no fue así cuando planeabas casarte con Donna, ¿verdad?
—¿A ti te importó destrozarme cuando terminaste conmigo? —inquirió él, con voz neutral, volviendo a cruzar sus brazos.
—¡Claro que me importó! —exclamó Leah, consternada—. Me importó hasta que me enteré que me olvidaste como si nunca hubiese existido, ¡comprometiéndote con esa ramera!
—Ya déjala ir, Leanne. Por el amor de dios, déjala salir de nuestras vidas de una vez por todas. Ella ahora está en la cárcel, donde siempre debió estar, y tú estás aquí, esmerándote en apuñalarme una y otra vez con mis propios errores. ¡Me equivoqué! ¡Lo siento! ¿Qué más quieres que haga? No puedo volver el tiempo atrás, Leanne. No puedo volver al día en que te marchaste y encadenarte a una silla para que no lo hicieras. Era tu decisión, no iba a obligarte a permanecer conmigo. Sé que debí detenerte, pero no lo hice, y es por eso que ahora estoy aquí intentando repararlo todo. Vine a buscarte porque te necesito y no quiero perder más tiempo. Deberías estar admitiendo que tú también me has extrañado lo que yo a ti, en vez de insistir en destruir con reproches lo poco que queda de esto.
 Leanne se cubrió el rostro con ambas manos, negando con la cabeza. Su cuerpo se estremecía levemente por sus sollozos, pero esta vez Ian no se movió. Sabía que estaba cerca de conseguir lo que quería, y también era consciente de que ya no había marcha atrás. Lo que sea que sucediera de ahora en más definiría el futuro de ambos, pues la última palabra la tendría ella.
—No puedo…—murmuró ella, con un hilo de voz—. No puedo asumir que estuviste acostándote con otra mujer cada noche en la cual yo me deshacía en lágrimas y culpa por lo que te había hecho. Pensando que nunca lo superarías, pensando que… —se interrumpió y resopló con ira, secándose las lágrimas bruscamente—. Ahora lo veo con claridad, Ian. El motivo por el cual me duele tanto es porque en el fondo siempre guardé la esperanza de que tú vinieras por mí. Acepté ese trato con Donna creyendo interiormente que tú no me dejarías marchar, pero lo hiciste y luego te fuiste con ella. Duele, porque pensé que no me olvidarías.
—No te olvidé. ¿Por qué crees que estoy aquí, Leah? ¿Por qué no dejas de pensar en Donna por un minuto e imaginas la gran vida que aún podemos vivir juntos? Tú también me lastimaste, Leanne, pero no vine detrás de ti para echártelo en cara. La herida que dejaste sigue abierta para mí, pero decidí olvidarlo porque te amo demasiado. Tú ni siquiera te has disculpado conmigo, y yo ya te he perdonado. ¿Por qué no puedes hacerlo tú también? Sí, sé que estuve con Donna y eso te atormenta, pero yo no te he preguntado a ti con cuantos hombres has estado. No quiero saberlo, no me importa. Me da igual si sé que aunque haya habido otras personas nunca dejaste de pensar en mí.
—¿De verdad crees que hubo alguien?
—Por favor, Leanne. No me lo hagas tan jodidamente difícil, ese no es el maldito punto —suspiró fuertemente, desviando la mirada—. Mira, Leah, yo te conozco, sé lo que intentas. Sé que estás probándome. Sé que me amas pero quieres que te convenza de que vale la pena volver conmigo. Muy bien, es una tortura para mí pero está bien, lo acepto porque lo merezco. Porque soportaría esto y mucho más aunque la única certeza fuera que al final vas a volver conmigo y superaremos de una vez toda esta mierda. ¿Y sabes qué? No importa. Dime lo que quieras si eso te ayuda a sentirte mejor. Suéltame en la cara todo eso que te quitó tantas noches de sueño. Grítame o insúltame, y acúsame de lo que quieras. Pero solo si al final vas a abrazarme y a decirme que me amas como antes.
 Ian volvió la vista a ella y la miró fijamente. Leanne lo observaba sin dejar de llorar. Algo había cambiado en su mirada, y él lo había notado. Sonrió. Por primera vez desde que había llegado a la ciudad sintió que finalmente comenzaba a agrietar la dura coraza que Leanne había forjado en su interior. 

 Bueno, la verdad no sé si seguirá alguien por aquí. No tengo excusas por haberme ausentado tanto tiempo, así que no pretenderé que quede alguien que aún esté pendiente de la historia.
Sé que el capitulo es larguísimo, pero lo debía y bueno, más nada. Continuaré la historia hasta el final aunque haya pasado mucho tiempo ya.
Y esta vez sí, hasta pronto.

domingo, 3 de marzo de 2013

Cara a cara - Capitulo 35.



Triland Port, 8 de junio

 El clima había estado inusualmente caluroso desde la mañana, pero entre aquellas paredes, no sabía si era por el tamaño del lugar o por pura sugestión,  parecía que el frío te calaba los huesos.
 Leah soltó un suspiro, y comenzó a caminar por el largo y estrecho pasillo seguida por el guardia.
El hombre abrió la puerta que se encontraba al final, y apareció ante ella una enorme sala llena de mesitas y sillas, dispersadas por toda la habitación, separadas unas de otras. En el lugar se encontraban varias reclusas con los aspectos más amenazadores que ella había visto jamás.
El guardia le señaló con la mano una mesa que estaba contra una pequeña ventana enrejada. Leanne se dirigió hacia el lugar indicado, y el hombre siguió sus pasos guardando cierta distancia.
Una mujer de cabello rubio recogido en la nuca, y con vestimenta naranja –al igual que las demás prisioneras- se encontraba sentada en una de las dos sillas, dándole la espalda.
Con cautela se acercó y se sentó frente a ella, pero la muchacha ni se inmutó.
—Me alegra que aceptaras mi visita —comentó Leah algo insegura e incómoda.
Donna se encogió de hombros, sin mirarla ni una vez. Tenía los ojos rojos e hinchados, y terribles ojeras de cansancio oscurecían sus agraciadas facciones. Aparentaba diez años más de los que tenía, y Leanne sintió pena por ella.
—Supongo que te preguntaras porqué he venido… —continuó, pero fue interrumpida:
—Has venido para asegurarte de que pague por lo que he hecho, ¿no es así? —Afirmó, con la voz abrumada por la cólera y el sufrimiento—. Cada día, Leanne. Lo hago cada maldito día.
Leanne se sorprendió con aquella respuesta repentina. El tono desgarrado de Donna la estremeció.
—Pues no, no es así —respondió finalmente, segura—. No estoy aquí para burlarme de ti. Este no es un lugar bonito, y creo que bastante tienes con estar aquí como para sumarte más sufrimiento.
— ¿Crees que no es un lugar bonito? —preguntó Donna, mirándola por primera vez desde que había llegado. Parecía estar todo el tiempo a punto de echarse a llorar—. Este es el jodido infierno, bonita. Y no reciben especialmente bien a las niñas ricas aquí, ¿entiendes de lo que hablo?
Leanne asintió, sin saber muy bien que responder.
— ¡Y deja de mirarme así, bastarda! —Exclamó de pronto, soltando toda su ira— ¡No quiero tu lástima! Sí, desde que estoy aquí he sido maltratada, insultada, golpeada, y humillada de todas las formas que ni siquiera te imaginas, ¿y sabes qué? ¡Lo merezco! Soy una puta asesina, estafadora, hija de perra, que te ha arruinado la vida a ti y a muchas personas más, y por eso estoy pagando, Leah. Pero te robé todo lo que querías sin necesitar lástima ni compasión de nadie, y disfruté de todo lo que quise sin remordimientos…
—Eso no es cierto —le interrumpió Leah, entornando los ojos sin abandonar la calma—. Deja de mentirte a ti misma por una vez, Donna, eso sí es penoso.
Donna arqueó una ceja, y ella continuó:
—Lo único que tú siempre quisiste fue amor, pero nunca lo conseguiste. Y eso te está pudriendo por dentro.
— ¿Amor? —Inquirió, soltando una sonora carcajada— Si por amor  te refieres a Ian, lo tuve tantas noches como quise, mientras tú llorabas por él —afirmó satisfecha, con una sonrisa autosuficiente—. ¿Ese es tu amor? Vaya fiasco.
Leanne negó con la cabeza, sin dejar de mirarla a fijamente a los ojos.
— ¿Podrías dejar de ser tan desagradable por un segundo? —preguntó, consternada—. He venido aquí para intentar entenderte, para saber porqué te empeñaste en destruirme y sacarme lo poco que tenía. He venido con la esperanza de que por una vez en la vida te quites esa odiosa máscara de soberbia y egocentrismo  y me respondas con una mano en el corazón, pero luego te escucho y vuelvo a comprender que ni mil años en el infierno te harán cambiar, porque simplemente tú no tienes corazón.
—Tus poéticas palabras no me emocionan ni me ablandan, si eso intentas. Me parece bastante patético de tu parte, Leah. Sería mejor si te fueras ahora y dejaras de hacer el ridículo.
— ¿Patética yo? Oh, por Dios, Donna… ¿acaso eres consciente del lugar en el que te encuentras? Quizá tu actitud podría engañarme, pero por si aún no lo sabes, la prisión ha acabado con tu presencia aristocrática e intimidante. Estás en lo más bajo dentro de lo peor. Y podría salir gustosa de aquí, Donna, una parte de mí quiere esfumarse, olvidarse de ti por completo, y continuar con la vida feliz sin remordimiento alguno. Pero he decidido venir a verte una vez más, a escucharte por última vez. Donna, necesito que me des un solo motivo por el cuál debería perdonarte. Necesito saber la razón que de verdad te empujó a ensañarte conmigo.
 Donna la observó por un momento, apretando los dientes. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero se obligó a retenerlas.
— ¿Quieres saber porqué? —Preguntó con la voz quebrada— Todo esto lo he hecho porque tú siempre fuiste lo que yo jamás pude ser, y lo eras sin esfuerzo. Toda mi vida intenté que alguien me quisiera. Invertí cada minuto de mi niñez en intentar demostrar que era la mejor en todo, aún consciente de que ni la mujer que me dio a luz quiso quedarse conmigo. Mis padres adoptivos me quisieron, o eso creí hasta que apareciste tú para robarme todo su amor, tiempo y atención. Siempre fingías ser buena y amable con todos, nadie se enojaba contigo jamás. Simulabas ser la niña perfecta, cuando no eras más que una huérfana pobre que no tenía donde caerse muerta. La niña perfecta en esa casa era yo, no ese grupo de bastardas que se alojó en mi hogar para quitarme lo único que tenía realmente. Lástima que fueron tan estúpidos como para no notarlo. Nunca se sintieron orgullosos de mí, ¿sabes? Jamás conseguí que se les iluminara el rostro al mirarme, por más asistiera rigurosa a las clases de ballet, fuera increíble con el piano y pudiera hablar fluido tres idiomas. Tú eras la maldita niña de sus ojos, y por eso te odié. Y también aprendí a odiarlos a ellos, a tal punto que acabé destruyendo sus vidas, al igual que intenté hacer contigo, y con todo el que se interpusiera en mi camino. Aprendí que el poder es más grande y menos doloroso que el amor. Procuré hacerte sentir el mismo vació y soledad que yo sentí, que sintieras en tu propia piel lo que era no tener a nadie más, que las personas a quienes más amabas te remplazaran, que se olvidaran de ti y que el amor que antes te pertenecía le pertenezca a otra persona sin que puedas hacer nada para recuperarlo. Y eso hice, y una parte de mí está orgullosa de ello, Leah. Esa es la verdad.
 Leanne la escuchó hablar, perpleja, sin poder evitar lagrimear un poco. Enjugó sus lágrimas rápidamente con el dorso de su mano, y se obligó a decir algo.
—Nunca quise quitarte nada —aseguró, titubeando—. El tiempo que viví con los Covarenni fue una etapa terriblemente dolorosa para mí. Mi padre había fallecido, me había quedado sola en el mundo, no sabía cómo continuar viviendo sin él —sollozó.
—Siempre tú eres la víctima, ¿no? Siempre eres la buena, la que nunca tiene la culpa de nada —bufó, mirándola con odio— ¡Pero no vuelvas a decirme que estabas sola en el mundo! —Exclamó de pronto, haciendo sobresaltar a Leah— Tú tenías a Ian, y sabes muy bien que él tomaría gustoso una bala en su pecho por ti. Tú lo tenías a él, siempre lo has tenido. Te amo a ti en todo momento, aún cuando lo obligué a creer que te habías marchado porque ya no le querías. Aún cuando le di todo lo que creí que soñaba, en realidad solo soñaba contigo. Incluso aún cuando intenté seducirlo de todas las formas posibles, él jamás me quiso. Solo fui para él una ilusión de que no estaba solo. Algo con lo que conformarse mientras pasaba la vida.
—No obligas a alguien a que te quiera, Donna, has entrar eso en tu cabeza. No importa que tan bien puedas manipular a alguien, no controlas los sentimientos.
Donna rió, mofándose.
—Eres un maldito cliché, Leah —afirmó, meneando la cabeza sin borrar la sonrisa sin alegría de sus labios—. Pero te concederé el merito, solo porque esta cuestión empieza a agobiarme. Has ganado. Creo que en el fondo ambas sabíamos como terminaría esto…al fin y al cabo, siempre fui la villana.
—Tú no eres la villana, es solo que has cometido un grandísimo error al creer que con crueldad podrías arreglar tu vida. Un error tan, pero tan grande que te costará una vida de arrepentimientos. No me importa lo que eres ahora, Donna, solo sé que en ti existió una vez una niña triste que jamás se atrevió a alzar la voz cuando algo la lastimaba. Reconocer tus heridas para ti era símbolo de debilidad, y ese orgullo te empujó a acabar con todas las personas que te rodeaban. Entiendo esto ahora, pero cuando me hubiese gustado saberlo entonces y poder ayudarte, y así quizá nada de esto estaría sucediendo.
Donna se mantenía con la mirada baja, mientras su cuerpo temblaba levemente. Para cuando volvió a alzar la mirada algunas lágrimas corrían por sus mejillas.
— ¿Por qué haces esto? —preguntó, torturada.
—Quiero poder perdonarte.
—No quiero que lo hagas.
—No lo hago por ti, Donna —aseguró—. Esta vez se trata de mí. Lo hago porque quiero que una vez que cruce las puertas de esta prisión no tenga que volver a recordar tu nombre con rencor. Porque una vez que me marche de aquí, regresaré a la vida de la cual me privé por tu causa. Saldré allá fuera y recuperaré cada segundo perdido. Pero especialmente seré feliz, y esta vez no podrás hacer nada  para evitarlo.
Donna la observó en silencio durante un momento, y antes de contestar soltó un suspiro.
—Entonces hazlo, Leanne. Pero yo no me arrepiento de lo que he hecho. En mi opinión solo fui una mujer que luchó hasta las últimas consecuencias por conseguir lo que quería, y no me disculparé por eso. Ya te he contado que fue lo que me impulsó a empezar con todo este desastre, y lo he hecho con una sinceridad impropia de mí, así que ahora te ruego que uses esa bendita humanidad que posees y desaparezcas de mi vista en este momento. No vuelvas a buscarme más. Déjame disfrutar de la poca dignidad que me queda antes de que la prisión acabe por destruirla.
Leanne se puso en pie lentamente, sin decir una palabra. Pensó en comentar la muerte de Dante antes de partir, pero enseguida se deshizo de la idea. Probablemente aquello no le importaría en absoluto.
Avanzó un par de pasos, pero se detuvo y volvió la vista atrás.
—Siento que las cosas tuvieran que terminar así. Todo esto hubiera podido ser diferente si…
—Adiós Leanne —le interrumpió, mirándola a los ojos con una serenidad que la asombró. Algo había cambiado de pronto en su mirada—. Solo lárgate.
Volvió la vista al frente y siguió su camino hasta la salida con pasos firmes, sin voltear a sus espaldas ni una vez más. Aquella visita había dejado un sabor amargo en su boca, y no podía alejarse de la idea de que había sido un error. Tal vez porque había llegado allí satisfecha de que estuviera encerrada, y se marchara sintiendo lástima por ella. Tal vez porque en el fondo sabía que su intención había sido no volver a recordarla después de esa visita, y ahora tenía la certeza de que jamás borraría esa mirada de su mente. Esos ojos, que en el último momento habían reflejado la más profunda resignación y desolación. Como si por un segundo se hubiese contemplado en un espejo y empezara a darse cuenta de la realidad que la rodeaba y el destino que le esperaba. Esa mirada de serena perdición con la que Donna la observó al partir, sabía que no la borraría de su memoria fácilmente.
O quizá todo era simplemente porque Leanne enseguida comprendió que incluso antes de visitarla, ya la había perdonado. 




sábado, 12 de enero de 2013

Luto - Capitulo 34.

Triland Port, 7 de junio


 El velorio de Dante se llevó a cabo al entrar la tarde.
Cuando Leah llegó allí, en compañía de Samantha, ya había algunas personas presentes, a los que identificó como los criados que trabajaban en la casa de Dante. La cocinera lloraba desconsoladamente mientras los demás la confortaban, y al ver a Leah acercarse le dieron sus condolencias.
 Leanne había permanecido callada  desde que había salido de su casa. Ya no lloraba, pero tenía los ojos irritados y cristalizados. Samantha le infundía valor con la mirada y su silenciosa presencia.
Ambas se acercaron al cajón en el que Dante yacía inerte y Leah sintió una vez más como la realidad le golpeaba en la cara. Finalmente lo constataba con sus propios ojos, él estaba muerto.
Se atrevió a levantar una mano y rozarle la mejilla con la yema de los dedos. El contacto frío la hizo estremecer, y se obligó a reprimir un sollozo.
Samantha se había quedado un poco rezagada, dándole su espacio. Sabía que para su amiga estaba siendo demasiado difícil asimilar el fallecimiento de Dante, y verse frente a su cadáver debería ser muy doloroso.
Leah se acercó un poco más y en un susurro casi imperceptible, dijo:
—Perdóname, Dan…Perdón por haber sido tan egoísta.
Aunque sabía que él ya no estaba allí, solo se encontraba frente a un cuerpo vacío carente de alma.
Se mantuvo allí, observándole, y al cabo de unos minutos se volteó al advertir que alguien se acercaba.
Se trataba de un pequeño grupo de personas que ella no conocía. Dos muchachos que no superaban los treinta años, y una mujer que aparentaba unos cincuenta y cinco años o más.
Todos vestían de luto, muy elegantes, y se acercaron a Leanne y Sam a dar su pésame.
Una vez dichos los saludos de rigor, la recién llegada, al notar la expresión sumamente afectada de Leah, le preguntó qué relación tenía ella con Dante, insinuando un amorío con un tono que resultó totalmente fuera de lugar.
—No era su novia, si eso está intentando saber, señora. Dante y yo éramos amigos muy cercanos —respondió Leah, sin poder ocultar del todo su desagrado.
—Oh, muy bien —repuso la mujer, algo incómoda—. No me he presentado. Soy Crysta, prima de Charles, el difunto padre de Dante. Ellos son Óscar y Faustino, mis adorados hijos.
Aquello le sorprendió bastante. En especial por lo poco afectados que parecían por la muerte de un familiar, y porque no guardaban ningún parecido con Dante. Tanto la mujer como los muchachos eran rubios de ojos muy claros y piel bronceada.
—Qué extraño, Dante jamás mencionó que tuviera parientes —contestó al fin.
—Es que perdimos contacto con él hace un tiempo. Nos mudamos muy seguido ¿sabes? Y no es fácil mantener las relaciones. Aún así nos enteramos de la noticia y decidimos viajar para despedirle.  Somos los únicos parientes vivos de Dante. Y es una desgracia que ni yo ni mis hijos poseamos el apellido Blaird, de lo contrario sería más fácil hacernos cargo de sus bienes, que no pueden quedar librados al azar. Estoy segura que es lo que Dante habría deseado. Al fin y al cabo, él solo era un heredero, pero el origen de su fortuna se remonta a muchas generaciones anteriores que se rompían la espalda trabajando duro para que él pudiera ser ese niñito mimado que fue. Su única misión era formar un matrimonio conveniente y engendrar a un heredero para que siguiera con la dinastía. Pero el muchacho ha muerto tan joven, y no ha dejado fruto alguno. Es una verdadera lástima.
«Una aprovechadora», pensó, apretando los dientes, pero se guardó sus comentarios. No se sentía con fuerzas como para discutir con aquella mujer que, se notaba, había venido a asegurarse de llevarse una buena tajada de la fortuna de Dante, y la muerte del mismo no podía resultarle más conveniente. Se asqueó de aquellas personas y decidió alejarse, dejando las palabras de la estirada mujer en el aire.
 Leah echó una mirada en derredor y se le encogió el corazón. Contó mentalmente a las personas que se encontraban en el velorio. Eran trece personas, entre las cuales contaban los cuatro criados, los tres parientes, el médico de cabecera de Dante, un hombre y una señora que se habían mantenido apartados compartiendo la congoja, Samantha, ella, y el cura encargado de la Iglesia. Aunque Dante no era religioso habían tenido que darle lugar al velorio allí porque por extraño que pareciera Dante no tenía un seguro de vida que corriera con gastos funerarios.
A Leah le apenaba muchísimo que hubiera tan poca gente velándolo. Él había sido una persona extraordinaria, y si la gente le hubiera dado una oportunidad de conocerle seguramente en aquella iglesia no cabrían todos los que habrían asistido. Pero eso no era así, y ahora era tarde para pensar semejante cosa…
 Se sorprendió al escuchar el llanto desgarrado del hombre que estaba acompañado por su esposa. Ahora ambos estaban de pie frente al cajón y murmuraban cosas entre sollozos.
Una vez que se hubo calmado, Leah se atrevió a acercarse para ofrecer sus condolencias. El hombre, con voz apagada pero amable les saludó y se presentó:
—Soy George Jackson, y ella es mi señora esposa, Esther. Era el abogado de Dante, que en paz descanse.
Supuso que aquel hombre le conocía lo suficiente y la relación de ellos había sido lo bastante estrecha como para que la pérdida le causara tal sufrimiento.
Se presentó también y se alejo, junto a Sam, que la tomaba del brazo y no se separaba de su lado.
 El cura se colocó tras el púlpito y solicitó a los presentes que se sentaran. El pequeño grupo de personas apenas ocupaba algunos bancos en aquella iglesia enorme.
El sacerdote citó algunos pasajes de la biblia y luego rezó para que el alma del difunto encontrara la paz eterna.
Leanne no se consideraba creyente, pero aún así cerró los ojos, inclinó su cabeza, y rogó interiormente por Dante, con la esperanza de que donde quiera que estuviera se encontrara feliz.
 Cuando el cura hubo terminado su oración preguntó si alguien quería decir algunas palabras en memoria de Dante. Leah pensó en ofrecerse, pero antes siquiera de ponerse en pie, el mayor de los muchachos que acompañaba a Crysta se encontraba en dirección al púlpito.
«Oh, no. Esto es el colmo», pensó para sus adentros Leah, indignada ante tal desfachatez.
—En mi nombre y en el de mi familia me presento hoy aquí, ante ustedes, para honrar la memoria de Dante, una persona tan querida por todos nosotros que se ha ido al cielo —hablaba con un acento británico tan marcado que era difícil entenderle, y junto con sobreactuado sufrimiento daba una imagen penosa que comenzaba a incomodar a los presentes—. Dante y yo éramos inseparables. Yo hubiera dado mi vida por ese muchacho, y sé que él la hubiera dado por mí. Su pérdida está siendo increíblemente dolorosa para mi familia. Cierro los ojos y nos veo a ambos de niños, en Inglaterra, jugando, siendo felices como lo éramos. Luego él comenzó a cambiar, su madre murió, su padre murió, se vio envuelto en problemas judiciales, y acabó siendo un ermitaño seducido por poder y el dinero, que por derecho también tendría que habernos pertenecido a nosotros —esto último lo dijo con cierto resentimiento en la voz, y su madre se removió incómoda en el asiento. Leah no podía creer lo que oía, si continuaba aquel discurso iba a gritar. El muchacho se aclaró la garganta, consciente del rumbo que empezaban a tomar sus palabras, y prosiguió: —. Pero claro, aún así siempre le quisimos e intentamos brindarle apoyo, aunque nos rechazara. Y hoy lamentamos su pérdida terriblemente. Rezaré cada noche por su alma, para que encuentre la luz y descanse en paz.
El joven —que Leah no estaba segura si se trataba de Óscar o Faustino— al terminar de hablar cerró los ojos con aire solemne, se persignó y volvió a su sitio.
Leanne estaba que no cabía en sí misma de la bronca que la consumía después de las palabras que acababa de oír. Una verdadera falacia. Se jugaría la cabeza a que aquel par no se había criado con Dante, ni le querían, ni les hacía infelices su muerte. Todo lo contrario, el único motivo que los movía a estar allí presentes era el puro interés por echarle mano a la fortuna Blaird.
Se paró de su asiento como impulsada por un resorte y caminó hasta ocupar el lugar dónde hacía minutos había estado aquel farsante.
—Primero que nada, mi pésame a todos los que están aquí. A todos aquellos que le querían de corazón. A cada persona que pudo ver en Dante la bondad altruista y desinteresada que brindaba. A ustedes, que como a mí, su fallecimiento a significado una pérdida enorme. Ánimo y fuerzas —se detuvo un momento para tomar aire. No quería soltar el llanto—. Sin embargo, reniego de todo aquel que le juzgó sin conocerle.  Reniego de las personas que lo lastimaron, que lo acusaron injustamente, que lo abandonaron cuando más necesitaba apoyo. Dante fue un hombre que sufrió muchísimo y aún así salió adelante con todo, sin que los problemas acabaran con su gentileza y su buena disposición. Y en discrepancia con palabras anteriores, él jamás se dejó corromper por el hecho de ser millonario. No era ermitaño, solo temía al mundo que lo había herido, aunque haya personas aquí presentes que no comprendan eso, porque en realidad no le conocían. De todas formas, y a pesar de la indignación que me provoca el descaro de ciertas personas, no los acusaré, sólo porque sé que si Dante hoy se encontrara aquí y los escuchara, solo sonreiría y no guardaría ningún resentimiento aunque las peores palabras levantaran contra él.
»Dante hizo muchísimo por mí, y aunque hubiera vivido cien años, no hubiese sido suficiente para agradecerlo. Generoso. Leal. Honesto como pocos. Ahora es un ángel más en el cielo, y quizá allá esté mejor. Que en paz descanse, como merece.
Cuando abandonó el púlpito, Sam se acercó para abrazarla. Después de ella se acercó la cocinera, y la joven empleada que también trabajaba en la casa de Dante, y ambas la rodearon con los brazos, soltando algunas lágrimas. Luego se acercó George, el abogado, y apoyó una mano en su hombro con un gesto de gentileza.
—Sus palabras han llegado a emocionarme —admitió el hombre—. Me alegra que esté aquí, señorita Winick. Alguien tenía que tener el coraje de subir allí y plantar cara para reparar el bochornoso discurso del joven británico. ¿Acaso soy el único que tuvo la impresión de que sus palabras no fueron sinceras?
—Le aseguro, señor, que me ha parecido lo mismo. Me sorprende que sean parientes de Dante, él jamás me mencionó que hubiera miembros vivos de su familia.
—Ni a mí, por cierto. Crucé un par de palabras con la señora Crysta hace un momento, y al parecer hace mucho alarde de ser un familiar, pero por lo que entendí tienen un parentesco lejano. Es evidente que están aquí por el dinero que creen que les corresponderá, pero créame señorita, como abogado de Dante puedo asegurarle que se llevaran un fiasco a la hora de leer el testamento.
—Oh, perdone señor Jackson, pero me es de muy mal gusto discutir sobre el dinero y el testamento que dejó Dante cuando su cuerpo ni siquiera ha sido debidamente enterrado.
—Lo siento, no fue mi intención ser grosero. Entiendo que ha sido muy mal educado de mi parte hacer mención de algo así. Le pido me disculpe.
—Descuide —respondió Leah, intentando sonreírle.
 La mujer del abogado se acercó y se alejó con George luego de susurrarle algo al oído.
 Leanne dirigió su mirada distraída hasta la puerta de entrada y pudo vislumbrar, sorprendida, a Ian sentado en uno de los últimos bancos de la iglesia. Se mantenía mirando al suelo y su cuerpo daba pequeños temblores. Tenía toda la apariencia de alguien que estaba llorando.
Al mirar a un costado constató que Sam había advertido su presencia al mismo tiempo que ella. Con un movimiento de cabeza le indicó que tendría que acercarse a él.
 Leah se dirigió en su dirección, sorteando los bancos que los separaban, y se sentó en silencio a su lado.
—No creí que vinieras…—comentó ella por lo bajo, sin estar segura de que él fuera a responderle.
Efectivamente, estaba llorando.
—No pensaba hacerlo —admitió, luego de unos cuantos minutos, sin levantar la mirada. Su voz flaqueaba.
—Pero estás aquí
—Me siento culpable, Leah…Dante, sin ni siquiera conocerme, devolvió a mi vida todo lo que le daba sentido. Te trajo conmigo. Me mostró quién era Donna en verdad y lo ciego que estuve…Y yo no le traté como se merecía.
—Ahora es tarde para remordimientos —respondió Leah, con un rastro de resentimiento en la voz. Por más que lo intentara no podía evitar que la cólera la invadiera cuando recordaba lo fácil que Ian había aceptado comprometerse con Donna.
—Pues vaya, eso no ha sido muy reconfortante.
Ella hizo caso omiso al tono recriminatorio de su comentario y ambos se mantuvieron en silencio por un buen rato, sin mirarse.
—Tenemos que hablar, Leah.
— ¿Hablar de qué? —preguntó, fingiendo no saber.
—De nosotros, de lo que sucederá a partir de ahora.
—No aquí, Ian. No ahora.
—Lo sé, lo sé. Pero es que tu actitud es muy diferente a la de ayer en el hospital.
Leanne le dirigió una mirada indignada, casi irritada, aún consciente de que él no la estaba observando.
—Las situaciones son muy diferentes a las de ayer —se limitó a decir, deseosa por terminar con aquella conversación que le parecía absolutamente fuera de lugar.
— ¿Qué ha cambiado?
—Oh, Ian, te ayudaré a iluminarte mejor. Ayer me encontraba sin dormir desde hacía dos días, esperando noticias de Dante que se debatía entre la vida y la muerte. Luego tú apareciste de la nada. Más tarde él murió y sufrí una terrible crisis de nervios. Viniste a consolarme, sí, y admito que en mi estado de vulnerabilidad acepté tu consuelo de buena gana, pero cuando me fui a dormir tuve tiempo de tranquilizarme un poco y pensar, y de llegar a la conclusión de que todavía hay muchas cosas que aclarar entre nosotros antes de intentar…—no encontró la palabra que buscaba—. De intentar lo que sea que vayamos a intentar.
—Me hiciste prometerte que lucharía por nuestra relación, ¿verdad?
—Ian…
—Lo hiciste, ¿no es así?
—Sí.
— ¿Me puedes prometer algo a cambio? —preguntó él, mirándola con sus irritados ojos claros por primera vez en toda la conversación.
Leah vaciló, sin contestar, apartando la mirada. Él prosiguió de todas formas:
— ¿Me prometes que volverás a Remembranzas conmigo?
Ella volvió a titubear, pero esta vez lo miró directo a los ojos.
—Te prometo que hablaremos de nosotros largo y tendido una vez que todo esto pase —respondió suavemente—. Mientras tanto, estoy haciendo duelo por la muerte de mi mejor amigo que está siendo velado aquí mismo, y espero profundamente que puedas entenderme y respetarlo.
Leanne se puso de pie y se alejó de él sin más. Sabía que lo había herido, pero tenía que dejarle las cosas claras. Si bien se moría por volver y reconstruir su vida junto a él, necesitaba algunas explicaciones antes. No quería que Ian se permitiera creer que por aparecer de la nada como el héroe de la historia quedaría absuelto de sus errores. Ni ella de los suyos, por supuesto. Estaba dispuesta a explicar y contar cada detalle de lo que había sido su vida en los últimos meses si él lo creía necesario. Pero no era el lugar ni el momento de discutir, ni siquiera de pensar, en todo aquello. Era la última despedida de Dante, y en él tenía que concentrar toda la atención.
Volvió al lado de Sam y ésta le dirigió una mirada inquisitiva, mas no preguntó nada.
 Leah pasó el resto del día y la noche allí en la iglesia hasta que Samantha la obligó a marcharse al advertir que si no descansaba un poco pronto se desmayaría allí mismo.
Ian se había marchado sin despedirse, comprobó Leanne al dirigirse a la salida y pasar por al lado del banco donde hacía unas horas habían estado hablando.
De camino a casa no pudo apartar de su mente la propuesta de Ian de volver con él a Remembranzas. Estaba claro que lo tendría más que en consideración, pero antes de prometerlo sabía que tenía algunas cosas pendientes que hacer antes de poder marcharse de la ciudad: tenía que hablar por última vez con Donna.
Y lo haría al día siguiente sin falta, decidió.